Durante las fechas decembrinas, los discursos de positividad y autoexigencia emocional suelen intensificarse. Se presentan como mensajes de cuidado y bienestar, pero con frecuencia operan como mecanismos de negación del dolor y normalización de la exigencia.
La positividad tóxica no aparece como una violencia explícita.
Aparece envuelta en luces, frases bonitas y promesas de alivio inmediato.
Precisamente por eso resulta tan difícil de identificar.
Cuando el “amor propio” se convierte en mandato
Expresiones como “quiérete más” suelen formularse en tono imperativo. Y todo imperativo implica una exigencia.
El problema no es promover el autocuidado, sino convertirlo en un estándar moral.
¿Qué significa “quererse más” en términos conductuales?
¿Existe una única forma válida de hacerlo?
¿Se espera que todas las personas lo experimenten del mismo modo y al mismo ritmo?
Cuando el amor propio se transforma en obligación, deja de ser amoroso. En muchos casos, el gesto más compasivo no es “quererse más”, sino dejar de castigarse.
Exigencias imposibles disfrazadas de ternura
Frases como “aunque no siempre sepas cómo” evidencian la contradicción central de estos discursos: se exige una acción sin ofrecer las condiciones reales para aprenderla.
No se trata de motivación. Se trata de habilidades, de historia de aprendizaje y de regulación del sistema nervioso.
Pedir algo que no se sabe hacer no es inspirador: es punitivo.
Gratitud forzada y negación de las carencias
La gratitud suele presentarse como una solución universal:
“agradece lo que sí hay, aunque falte algo”.
Sin embargo, la gratitud es una práctica compleja que requiere condiciones internas específicas. Cuando una persona se encuentra en modo de supervivencia, su sistema nervioso se orienta al peligro, no a la apreciación.
Negar que falta algo no resuelve la carencia, al contrario: impide reconocerla y responder a ella.
Este tipo de mensajes replica la misma lógica que romantiza la precariedad: negar el dolor en lugar de transformarlo.
Descanso instrumentalizado
“Descansa sin culpa, también así se avanza” mantiene intacta la lógica productivista. El descanso sigue siendo legítimo solo si produce resultados, pero descansar no es una estrategia para rendir mejor. Descansar es una interrupción legítima y no necesita justificarse.
Cuando el descanso se condiciona al avance, la culpa permanece.
El problema no es querer estar bien
El problema es invalidar lo que no encaja en ese ideal.
Estos discursos no son neutrales, operan desde la exigencia, la crítica y la simplificación extrema del sufrimiento humano. Plantean estándares rígidos, ignoran los ritmos individuales y refuerzan una lógica de “todo o nada”: lo que no alcanza el ideal queda descalificado. Eso es lo que los vuelve dañinos.
Qué hacer frente a un ambiente invalidante
El primer paso no es cambiar, es reconocer lo que ya está ocurriendo.
Aceptar que no siempre se está bien, que hay momentos de cansancio, confusión o dolor. Que no todo se sabe resolver de inmediato.
No se puede transformar aquello que se niega.
Algunas variables externas no están bajo nuestro control, pero sí lo está la forma en que nos posicionamos frente a ellas:
qué límites ponemos, qué tan cerca o lejos nos colocamos,
qué validamos internamente incluso cuando afuera no es reconocido.
La autovalidación no elimina la invalidación externa,
pero puede disminuir su impacto y ampliar el margen de acción.
En conclusión
El bienestar no se construye desde la exigencia emocional ni desde la negación del dolor. Se construye desde condiciones materiales, relacionales y subjetivas más honestas, que permitan existir sin estar permanentemente en deuda con una idea de “estar bien”.
